La ruina del Egipto de Al Sisi

La ruina del Egipto de Al Sisi

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Durante la fugaz presidencia del islamista Mohamed Mursi las conspiraciones alcanzaron su cénit. Se murmuró la venta de la península del Sinaí a Hamas y el cheque qatarí para hacerse con las majestuosas pirámides de Giza. Nadie, sin embargo, firmó transacción alguna. Cuatro años después del golpe de Estado que reconcilió a Egipto con su pasado más autoritario, el ex jefe del ejército Abdelfatah al Sisi acaba de acometer la cesión de territorio que jamás rubricó su predecesor. En mitad de una catastrófica situación económica y política, el régimen ha cedido dos islas del mar Rojo a la reverenciada Arabia Saudí, la monarquía absoluta que ha gastado millones de dólares para evitar la bancarrota de la tierra de los faraones.

“Lo que nos rodea es un auténtico fracaso político y económico. Hace cuatro años existía al menos espacio político aunque eso no significara que los Hermanos Musulmanes fueran partidarios de la democracia. Hoy, en cambio, solo hay una voz, la del presidente. La única tolerada y escuchada”, relata a EL MUNDO un conocido activista de derechos humanos que exige anonimato. Como decenas de camaradas, su nombre está incluido en la abultada lista de ciudadanos que tienen prohibido abandonar el país y se enfrenta a una judicatura convertida en brazo ejecutor de una represión que ha laminado el más leve espacio de libertad.

Desapariciones y torturas

“Estoy preparado para algo mucho peor. La única opción es acabar en prisión”, admite quien se ha acostumbrado a los interrogatorios y la continua vigilancia de un infame y ubicuo aparato de seguridad. Una salvaje persecución, inaugurada con la asonada, ha enviado a la cárcel a decenas de miles de opositores. En oscuros episodios nunca esclarecidos, las fuerzas de seguridad se han cobrado cientos de vidas y han hecho desparecer a varios miles de habitantes bajo el argumento de una vaga lucha contra el terrorismo que justifica cualquier crimen.

“Es una táctica habitual. Primero se les pierde el rastro y luego se dice que eran terroristas y que murieron en un tiroteo. O aparecen, de repente, acusados de un delito cometido después de ser arrestados. Historias terribles que escapan a la imaginación”, señala a este diario Ibrahim Metwali, un abogado dedicado a documentar la procesión de extraviados en los pasillos de la Seguridad del Estado. Uno de los primeros casos que asumió fue el de su propio vástago. “Mi hijo Amr despareció el 8 de julio de 2013. Desde entonces no hemos recibido ninguna información oficial sobre su paradero. Por lo que he podido averiguar lo llevaron primero al penal de Wadi al Natrum y después a una cárcel militar”.

“Buscan aterrorizar a la sociedad. Han pasado cuatro años y todo va de mal en peor. Cualquiera puede ser asesinado sin que su verdugo reciba castigo”, desliza este padre de familia, impermeable al desaliento y las amenazas. En las celdas y las comisarias del país más poblado del mundo árabe, célebres por sus espeluznantes condiciones, las denuncias de tortura se han propagado como una epidemia. “Desde el golpe de Estado las violaciones de los derechos humanos, las torturas y los asesinatos extrajudiciales son continuos”, afirma a este diario Aida Seif, histórica activista del Centro Nadim para la Rehabilitación de Víctimas de Violencia, una organización inaugurada en tiempos de Hosni Mubarak y clausurada ahora por las autoridades.